Escuchando al Señor: como sus discípulos

Escuchando al Señor: al desierto

En el primer domingo de Cuaresma vimos a Jesús en el desierto, “por cuarenta días, viviendo entre las fieras, siendo puesto a prueba por Satanás y servido por los ángeles” (Marcos 1,13). Después, sabiendo que Juan había sido encarcelado, Jesús fue por toda Galilea anunciando la Buena Noticia de Dios, llamando a la gente a un cambio de corazón y de vida, pues “ya se cumplió el plazo señalado, y el Reino de Dios está cerca” (Mc 1,15). Lo que Jesús proclama es la cercanía del Reino de Dios, de una nueva manera de ser y estar en el mundo: total confianza en el Dios de la justicia y de la compasión, del amor y de la vida. ¡Ya no hay que esperar más! (No hay que esperar después de la muerte.)  ¡El tiempo es ahora! Lo que vemos es que Jesús no llega con planes para empezar una nueva religión.  Jesús era judío y de ninguna manera pensaba traicionar su religión y su cultura. Él amaba su religión y su cultura.  Lo que él propone es una nueva manera, una manera radical (de las raíces) de pensar y sentir, vivir y celebrar, la religión judía: el Dios de Israel es el Dios de la vida, de toda la vida y de la vida de todos y todas y su don de vida es incondicional. La única exigencia, (¡la gloria de Dios!) es que seamos seres vivientes, miembros de una comunidad viviente.


Eso, Jesús aprendió y confirmó en el desierto… que, gracias a su bautismo, era amado por Dios y amado desde dentro, en lo más profundo de su ser e incondicionalmente. 


En la primera lectura de este segundo domingo de Cuaresma, del libro del Genesis 17,1-7, 15-16, continuamos con la alianza que Dios hace con la humanidad. En el texto del domingo pasado, Genesis 9, 8-17, la alianza fue con Noe (la segunda alianza).  En el texto de hoy, la alianza es con Abraham (la tercera alianza).  Domingo pasado fue una alianza de vida – de vida para todos los seres humanos y para la creación.  Este domingo, la alianza es de descendencia. “Ésta es la alianza que hago contigo: Tú serás el padre de muchas naciones,  y ya no vas a llamarte Abram. Desde ahora te llamarás Abraham, porque te voy a hacer padre de muchas naciones.  Haré que tus descendientes sean muy numerosos; de ti saldrán reyes y naciones. La alianza que hago contigo, y que haré con todos tus descendientes en el futuro, es que yo seré siempre tu Dios y el Dios de ellos. (vv.4-7) Ahora, su nombre no es simplemente “padre exaltado” (Ab-ram), sino “padre de una multitud” (Ab-raham). Y, si Dios cambia el nombre de Abram, también lo mismo con Sarai, su esposa.  Ahora, ella será llamada Sara, la bendecida por Dios. “Tu esposa Sarai ya no se va a llamar así. De ahora en adelante se llamará Sara.  La voy a bendecir, y te daré un hijo por medio de ella. Sí, voy a bendecirla.” (vv.15-16a) Como su esposo Abraham, ella “será la madre de muchas naciones, y sus descendientes serán reyes de pueblos.” (v.16b) 


Hay dos puntos que tenemos que considerar: la promesa de Dios a Abraham y Sara es una promesa de exige fe, confianza.  Es una promesa que exige creer en frente de lo imposible. Abraham tenia noventa y nueve años de edad (v.1) y Sara noventa. (v.17) Y Abraham lo sabe: “¿Acaso un hombre de cien años puede ser padre? ¿Y acaso Sara va a tener un hijo a los noventa años?” (v.17) Abraham y Sara son llamados a creer, a tener confianza total en Dios, mismo y sobre todo en frente de lo imposible.


El segundo punto es que Abraham y Sara serán los parientes “de muchas naciones y sus descendientes serán reyes de muchos pueblos.” (v.16b) Y, Dios será siempre su Dios. “La alianza que hago contigo, y que haré con todos tus descendientes en el futuro, es que yo seré siempre tu Dios y el Dios de ellos.” (v.7) El Dios de Abraham y de Sara continua a ser el Dios de muchas naciones y de muchos pueblos.  No es un Dios etnocéntrico, identificado solamente con un pueblo y su consecuente cultura y religión. Por eso que podemos llamar a Abraham y a Sara “los parientes de todos los creyentes.”


En el evangelio de este segundo domingo de Cuaresma, Marcos 8, 31-35, tenemos parte del texto central del evangelio de Marcos, que sirve de epilogo a la misión en Galilea y de preludio al camino de la cruz.  El texto central puede ser divido en tres partes: 1. la pregunta sobre la identidad de Jesús (vv.27b-30), que no está incluida en el texto de hoy; 2. el anuncio de su pasión (vv.31-33); y 3. el código de sus discípulos (vv.34-35), que de hecho continua hasta 9,1. Comentaré sobre la última parte.


Sintiéndose incomprendido por la gente, que piensa que él no pasa de un profeta, aunque un profeta excepcional, después de escuchar a Pedro que lo proclama “Mesías” (v.29), Jesús empieza a decir a sus discípulos que ahora hay que ir hacia Jerusalén, la ciudad santa. “El Hijo del hombre tiene que sufrir muchas cosas y ser rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley. Es necesario que lo maten y que a los tres días resucite” (v.31). El mismo Pedro que lo proclamó Mesías, ahora rechaza la idea del sufrimiento y de la muerte y llevando Jesús aparte, le exige que cambie de ideas, que actúe como el Mesías de la gloria y no como el siervo sufriente que muere por los demás. Pedro estaba pensando en el rey y profeta David con todo su imperio y su gloria. Para él, Mesías y sufrimiento/muerte son dos realidades que no pueden coexistir; Mesías y conquista/gloria, eso sí.  Sufrimiento/muerte, eso, definitivamente, no.  Y es cuando Jesús lo llama de Satanás, de tentador: “¡Aléjate de mí, Satanás! Tú no piensas en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (v.33).


Sin embargo, para Jesús, el discípulo tiene que cargar con su cruz, eso es, ser fiel a su misión hasta el final. No hay maneras más fáciles.  No hay subterfugios.  Hay que ser fiel a la misión: la misión de la justicia y de la compasión. “Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa y por el evangelio la salvará” (vv.34-35). Hay que entrar en el difícil espacio de la entrega total; hay que caminar el difícil camino de la confianza sin reservas; hay que abrir el corazón a la fidelidad incondicional y eso, por la causa de Jesús, por la Buena Noticia del Reino de Dios (v.35b).  Entregándose, el discípulo se encuentra; perdiendo, el discípulo gana; ofreciendo su vida, el discípulo la salva para siempre. Seguir al Señor, proclamar la Buena Noticia del Reino, es aceptar y llevar la cruz, eso es, ser fiel y serlo hasta sus últimas consecuencias. 


Más una vez vemos el contraste entre el desierto y la ciudad. Es la ciudad, con sus instituciones políticas y religiosas, que juzga y condena a Jesús. La vida de Jesús será sacrificada en el altar de la ciudad y eso será hecho por parte de las máximas autoridades políticas y religiosas.  Ellas manipularan al pueblo para que grite: “¡Crucifíquenlo! ¡Crucifíquenlo!” (Mc 15, 11-15) Y, ¡cómo es fácil manipular al pueblo con el arma del miedo!  ¡Cómo es fácil comprar los pobres y humildes con una bolsa de frijol! 


Entonces, más una vez la pregunta: ¿Qué quiere decir “cargar con la cruz?” ¿Significa que Dios quiere nuestro sufrimiento, que tenemos que sufrir “para ganar el cielo,” como nos decían en otros tiempos?  ¡Mucho cuidado! Muy fácilmente la idea del sufrimiento en la espiritualidad cristiana puede transformarse en ideología en favor de los señores y de los poderosos (tanto políticos, como religiosos). Dios no es ningún masoquista, feliz de ver sus hijos/as a sufrir. Eso Dios no es el Dios de Jesús. Dios no pide que suframos. Dios solo pide que seamos fieles, coherentes, con la proclamación de la Buena Noticia del Reino, al ejemplo de Jesús – fieles a nuestra humanidad, fieles a la vida. Lo importante es nuestra fidelidad.   Solo así a que “ganaremos” la vida: llevar la noticia de la justicia y la compasión a todos y a todas, empezando por los más vulnerables, los desechados de la sociedad, los sufridos de la historia, para que todos y todas tengan vida.

 

Cuando decimos que hay que hacerlo al ejemplo de Jesús, queremos decir que nuestra manera es la manera de Jesús: levantar los caídos, aliviar el sufrimiento, acompañar a los que están solos, y gritar contra la injusticia y la indiferencia. Es importante ver como Jesús vivió y celebró su religión.  No de manera fanática y legalista, no de manera exclusivamente cultica.  Jesús la vivió de manera profética, mostrando a todos que lo más importante es la cercanía a los hermanos y a las hermanas – la cercanía liberadora y humanizadora de Dios. 


Lógicamente, que, como Abraham y Sara, hay que confiar… confiar en la presencia de Dios.  Para Pedro, un mesías que terminaría en el sufrimiento y la muerte, no estaba en sus expectativas. Y, además, Jesús era su amigo.  ¿Quién desea el sufrimiento y la muerte de su amigo?  Sin embargo, Jesús sabe que tiene que seguir y ser fiel, confiando totalmente en Dios, su y nuestro Padre. Lo más importante para Jesús es su fidelidad a la misión que Dios le confió como Su Hijo muy amado. 


Durante esta Cuaresma hay que revisitar la manera como vivimos y celebramos nuestra religión. Hay que repensar las imágenes de Dios que gobiernan nuestra espiritualidad, tal vez, ¿quién sabe?, algunas de ellas enfermizas, que, con el tiempo, nos van dañando por dentro, limitándonos en nuestra humanidad. Hay que preguntarnos si realmente confiamos en Dios, sobre todo cuando todo nos parece imposible. ¿Qué tipo de discípulos somos nosotros?  Discípulos del Señor, totalmente fieles a la proclamación del Reino de Dios, llenos de pasión por la justicia, la compasión y la vida, o discípulos de la religión por la religión, para que todo se mantenga igual, como siempre – nuestra manera occidental de pensar y de vivir. No nos olvidemos de lo que hemos hecho de Jesucristo a través del tiempo.  No nos olvidemos de lo que hemos hecho de la Iglesia (el movimiento de Jesús) a través del tiempo. No nos olvidemos que nos hemos transformado en “dueños y señores” de Jesús y de su Iglesia… hemos sido infieles a la Buena Noticia del Reino de Dios. No hemos confiado totalmente en Dios, por miedo de las consecuencias. Hemos preferido reinos e imperios mundanos. Hemos preferido la gloria…  Y no soy yo que lo afirmo, pues basta mirar las victimas de nuestra infidelidad, los hambrientos de pan y de justicia de nuestro continente Latino-americano, supuestamente un continente cristiano.

  

Cuaresma… ¿Cómo estamos a ser discípulos del Señor en San Lucas? ¿Cómo estamos a ser fieles a nuestro bautismo, a la proclamación de la Buena Noticia de Reino de Dios? 


 Bendiciones de Dios,


P. José