Marcos 10, 17-31

No basta cumplir la ley

Una de las verdades clarividentes que más me chocan aquí en México es la realidad de la pobreza. Según estadísticas recientes cerca de la mitad de la población de México es pobre, es decir, vive en estado de pobreza. Estamos hablando de más de 55 millones de personas. Y eso es tremendamente chocante cuando consideramos que México es un país tradicionalmente cristiano (Católico Romano), un país riquísimo en recursos naturales y mucho más… ¿Cuáles son las causas de la pobreza? Podemos mínimamente enlistar diez de ellas: 1. El sistema colonial, que siempre favorece a un pequeño grupo y desprecia de varias maneras a la mayoría de la población indígena; 2. Distribución desigual de la riqueza. Sólo un grupo muy selectivo de personas (la elite, los altos gobernantes, los grandes empresarios) son los únicos que se benefician de la riqueza del país; 3. Desigualdad en el sistema educativo. Lógicamente, las personas con mayores recursos económicos son ellos y ellas que tienen acceso al sistema educativo de calidad, incluso de estudiar fuera del país; 4. Las multinacionales extrajeras. Las inversiones extranjeras en México no favorecen a la población en general, sino a la elite, a los gobernantes y a los grandes empresarios. Dicho de otra manera, la riqueza de la nación no se queda en la nación. El imperialismo económico todavía existe y es implacable; 5. El desempleo. Como podemos imaginar, gente con educación formal mínima tendrá dificultad en encontrar trabajo y el trabajo que encontrará será muy mal pagado; 6. Salarios mínimos. La mayoría de los trabajadores mexicanos son muy mal renumerados. Y el salario mínimo simplemente no es suficiente para que una persona, una familia, salga de la pobreza; 7. Carencia de servicios de salud y alimentación. El estado de pobreza fuerza a que la gente se alimente mal y que ciertas enfermedades, como la diabetes, por ejemplo, crezcan sin parar. Los servicios de salud para la población en general no son adecuados. 8. La corrupción. La corrupción en México es un problema que parece no tener solución, favoreciendo la acumulación de la riqueza en las manos de unos pocos, en detrimento de la mayoría de la población; 9. Crecimiento demográfico. En México la población está creciendo. No está estable. Eso afecta las tazas de pobreza. Para los pobres,

tener familias grandes es asegurar el futuro. Siempre habrá alguien que cuidará de los papás y de los abuelos; y 10: La propia Iglesia Católica Romana con su teología conservadora (imperial y patriarcal) y sus alianzas con los poderosos. La historia de la conquista nos enseña que la Iglesia Católica siempre ha estado del lado de los conquistadores, de los señores. Su teología históricamente ha alabado la pobreza y castigado la riqueza. Sin embargo, en la praxis, ha asistido a los pobres y convivido con los ricos, transformándose también en una de las instituciones más ricas y poderosas de México.


¿Qué tiene todo esto que ver con el evangelio de este domingo, Marcos 10, 17-31? El domingo pasado, Marcos 10, 2-16, escuchamos cómo Jesús considera las relaciones humanas: las relaciones humanas tienen que servir para la humanización de los seres humanos y jamás para la posesión, control y explotación de unos (los varones, los poderosos) sobre los otros (las mujeres, los niños, las niñas, los pobres y marginados de la sociedad). Para Jesús está muy claro que hay que romper con ciertos estereotipos, con ciertos patrones socio-culturales y religiosos, donde unos, por su género o su riqueza, se auto-declararon “dueños y señores” de los demás. Hoy, tenemos otro tema muy importante: la riqueza material.


El texto de hoy nos presenta el encuentro entre un hombre piadoso y muy rico con Jesús. Podemos dividir el texto en tres partes: 1. Una experiencia de vida (vv.17-22); 2. Una reflexión a propósito de la misma (vv.23-27), y una palabra de aliento para los que aceptan seguir a Jesús, poniendo en práctica la lección (vv.28-30). El hombre que “corriendo” (v.17) encuentra a Jesús es un hombre piadoso y bueno. Él desea saber qué más tiene que hacer para heredar la vida eterna. “Cuando salía para seguir su camino, vino un hombre corriendo, y arrodillándose delante de Jesús, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” (v.17) Hay que notar aquí que el hombre llega corriendo y que la cuestión de la vida eterna, de la felicidad, es cuestión de herencia… Parece que el hombre está obsesionado con la cantidad de leyes que tiene que cumplir, con la cantidad de cosas que tiene que hacer, para que obtenga su justa herencia, su justo premio. Para él, la vida eterna, la felicidad, es una cuestión de méritos… no es un don.


Y como estaba cumpliendo con la ley, “Jesús, mirándolo, lo amó y le dijo: Una cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y da a los pobres, y tendrás

tesoro en el cielo; y ven, sígueme. Pero él, afligido por estas palabras, se fue triste, porque era dueño de muchos bienes.” (vv.21-22) A nosotros nos sobresalta la afirmación: “Se fue triste, porque era dueño de muchos bienes.” La realidad es que Jesús lo amó y su corazón fue impenetrable al amor de Jesús, “porque era dueño de muchos bienes.” Aquí surge el tema del domingo pasado, el tema de la dureza de corazón… El hombre rico no puede ofrecer su riqueza a los pobres y seguir a Jesús, pues es dueño, tiene posesiones (riquezas). Levantamos la pregunta: ¿Quién posee a quién? ¿Es el hombre que posee su riqueza o es la riqueza la que lo posee a él? Podemos concluir que el hombre evidentemente parece poseído por su riqueza. No es un hombre libre. Es un poseído.


Todo eso Jesús explica a sus discípulos, con la conclusión, que era un dicho popular: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios.” (v.25) Y, ante el espanto de los discípulos, los anima, diciéndoles: “Muchos primeros serán últimos, y los últimos, primeros.” (v.31)


Queremos ahora concluir con tres reflexiones:


1. Todo es un don de Dios. Cuando empezamos a leer el texto, nos quedamos con la impresión de que el hombre rico habla con mentalidad de contador: cumple con las leyes y tendrás tu pago, tu premio, en este caso la vida eterna. Parece que no hay espacio para el don, para la generosidad. Jesús lo mira con amor y… su corazón está cerrado al amor, a la sorpresa de la gratuidad. Es una visión legalista de la religión y de la vida. Diríamos que igual es una visión imperialista de la religión y de la vida: puedo (porque soy poderoso), cumplo (porque puedo), merezco (herencia, lo mío). ¿Qué religión es la nuestra? ¿Qué Iglesia es la nuestra?


2. Dar a los pobres y seguir a Jesús. Para Jesús “dar a los pobres” es el requisito para seguirlo. No podemos seguir a Jesús, dejándonos poseer por las riquezas. Hay que compartirlas y entrar en el camino del discipulado. No hay otra manera. ¿Como explicar, entonces, que, en México, un país supuestamente cristiano, mitad de su población vive en la pobreza? Hay algo que no estamos haciendo bien. En alguna parte y de alguna manera estamos fallando en nuestro seguimiento de Jesús. Podemos detectar aquí la lógica del discipulado. Lo primero es no vivir poseído por la riqueza (poca o mucha). Lo segundo es compartir y compartir con los pobres y humildes de la sociedad. Lo tercero es seguir a Jesús, integrar el proyecto de la nueva comunidad, del nuevo mundo, en nuestras vidas, de tal manera que empecemos a vivir libres y alegres, en comunión con Él y para la humanización de los pobres y humildes de la sociedad. Es irónico (y triste) que, aquí en América Latina, la Iglesia Romana tenga que decidir hacer una “opción preferencial por los pobres.” Sin embargo, la opción por los pobres no es preferencial… es la (única y sola) exigencia radical de todos los hombres y mujeres que desean sinceramente seguir a Jesús. ¿Qué implica todo eso para nosotros en San Lucas? ¿Cómo seguimos a Jesús, aquí en México?


3. Relaciones al servicio de la humanización de TODOS los seres humanos. El domingo pasado vimos cómo Jesús nos explica que todas las relaciones humanas sirven para la humanización de todos los seres humanos. No hay lugar para mentalidades imperialistas, para mentalidades de “dueños y señores” en las relaciones humanas, sino de hermanos y hermanas, relaciones de solidaridad, de justicia y compasión. Lo mismo con nuestra relación con la riqueza. Nuestra relación con la riqueza tiene que ser también una de humanización de todos los hermanos y las hermanas, de los pobres y humildes. Y, no se trata de dar las migajas de nuestra mesa, sino de compartir todo lo que tenemos, todo lo que somos. Solamente cuando llegamos a este punto, al punto de la gratuidad radical, podemos entonces seguir a Jesús. Eso implica confianza… implica el don de la fe. ¿Qué implica todo eso para nosotros en San Lucas?


Cuando consideramos la taza enorme de pobreza en México, ¿qué concluimos? Que, tal vez, porque todavía reina la cristiandad, todavía nos falta mucho, muchísimo, para seguir a Jesús.


Bendiciones de Dios,


P. José