Juan 2, 1-11

Comprometidos con el amor, la alegría y la vida

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Si hay algo que me encanta en nuestras celebraciones es la alegría que sentimos cuando nos reencontramos cada domingo. Nos saludamos y nos abrazamos. Transmitimos hospitalidad y alegría. Damos a entender muy claramente que estamos felices de estar juntos. Prueba de eso es que algunos hermanos y hermanas que empezaron a celebrar con nosotros, dejaron de venir a la comunidad. Estaban habituados al “anonimato en la iglesia” y se sintieron intimidados con tanta efusión de alegría y amistad… La verdad es que en San Lucas nos conocemos por nombre propio y cada hermano, cada hermana, nos interesa. Para nosotros, nosotras, “ser iglesia” no es simplemente cuestión de cumplir el precepto dominical, sino de formar comunidad de amigos y amigas, de crear un espacio donde nos encontramos y nos celebramos como discípulos del Señor, cada uno y cada una compartiendo toda la riqueza de su ser y de su vida. Y empezamos a comprender que la religión es importante solamente en la medida que nos ayuda a formar y celebrar comunidad, eso es, a crear lazos de amistad, donde experimentamos el compromiso con el amor, la alegría y la vida.


En el evangelio de este domingo, el segundo después de la Epifanía, leemos y celebramos el primer signo de Jesús en el evangelio de Juan, el relato de las bodas de Caná (Juan 2, 1-11). Una lectura rápida del texto nos podría llevar a la descripción, casi bucólica, de una fiesta de bodas en el contexto de la cultura hebrea oriental. Sin embargo, cuando leemos el texto con atención a los detalles, notamos que estamos frente a un relato de bodas muy extraño. Y empiezan las preguntas: ¿Por qué es importante saber que la boda fue celebrada “a los tres días”? (v.1) ¿Por qué no se mencionan los novios, ni tampoco sabemos sus nombres? Nunca se menciona también el nombre de la madre de Jesús… (v.1) ¿por qué? El otro detalle extraño es que en la sala de la boda están “seis jarrones de piedra, de los que sirven para el rito de la purificación de los judíos, de unos cien litros de capacidad cada uno”. (v.6) ¿Por qué tantos jarrones y por qué están vacíos que Jesús tiene que dar la orden de llenarlos? Hay también una alusión misteriosa a la “hora de Jesús”. (v.4) Tenemos la impresión de que Jesús corrige a su madre, pues todavía no había llegado “su hora”. (v.4) Y sin embargo, Él actúa, Él transforma el agua en vino. Entonces, ¿llegó su hora o no llegó su hora?


Al leer el texto, tenemos que estar muy conscientes de que estamos leyendo a Juan. Todos los exégetas están de acuerdo con que el evangelio de Juan fue el último en ser escrito, entre los años 95 y 100 después de la muerte y resurrección de Jesús. Eso implica mínimamente dos cosas: 1. que la creciente comunidad cristiana ya se separó definitivamente de la religión judía; y 2. que todavía están en duelo por esta separación. Es por eso que en Juan nos damos cuenta de un sentimiento de “antijudaísmo” que brota del dolor de la separación, del dolor del rechazo total de Jesús y de sus seguidores, que eran judíos también.


Ahora, intentemos descifrar la simbología más evidente del texto. Lo que tenemos es la celebración de una boda, pero parece que es una boda un tanto descuidada: faltó vino y tampoco había agua. Es una boda donde falta lo esencial: agua y vino. Para el pueblo judío, el agua es símbolo de vida y el vino de alegría. Estamos entonces en una boda donde no hay vida, ni tampoco alegría. El evangelista nos dice que en el tiempo de Jesús todo el pueblo de Dios estaba triste y sin vida, pues esperaban un profeta, esperaban un cambio. Nos acordamos de Lucas que escribe en el inicio de su evangelio que la gente estaba “con grande expectativa”. (Lucas 3, 15) Y, ¿por qué se siente así el pueblo? Porque su religión perdió su sentido de alegría y su capacidad de dar vida. Todo fue reducido al cumplimiento de innumerables reglas y mandamientos y, peor, los que no conseguían cumplir con tantas reglas y tantos mandamientos, eran simplemente etiquetados de impuros y excluidos – excluidos del Templo, excluidos de la sociedad. La religión judía se había transformado en una religión de exclusión, llena de rituales vacíos, llena de fiestas sin alegría. Aquí, el significado de los jarrones vacíos. En la religión la gente ya no encuentra alegría para vivir – ya no encuentra vida.


La “madre de Jesús” puede ser María, pero también puede ser el símbolo de todos los judíos que se dieron cuenta de la problemática religiosa de su tiempo – que su religión se había transformado en un sistema social puramente jurídico, sistema social de poder y control, y que había perdido su esencia. La madre de Jesús es el símbolo de todas las personas que en el tiempo de Jesús buscaban la justicia y la compasión, la verdad y la vida, que, en Juan, son simbolizadas también por Nicodemo. No olvidar que Nicodemo fue “de noche” a hablar con Jesús: “Maestro, ¿cómo renacerá el ser humano ya viejo?” (Juan 3, 4). Son ellos y ellas que se dirigen a Jesús para decirle que ya no hay vino, que ya no hay agua (ya no hay alegría, ya no hay vida). No van a hablar con los novios. No van a hablar con los jefes de las mesas. (Los sumo-sacerdotes, los doctores de la Ley.) Van a Jesús… porque reconocen que Él es un profeta, reconocen que Él “dio el paso” de pasar al otro lado… aquí el símbolo del “tercer día”. La diferencia entre la “madre de Jesús” (como Nicodemo) es que ellos y ellas se quedan buscando y no son capaces de dar “el salto de la fe”, no son capaces de “renacer” para una nueva realidad y aceptar todo lo que eso implica (confrontar el sistema vigente y aceptar la exclusión y la muerte). Jesús lo hace. La hora de Jesús fue toda su vida (compartida con los pobres y humildes, con los sufridos y excluidos), incluyendo su pasión y muerte… para resucitar “al tercer día”. Es por eso que el evangelista nunca menciona el nombre de la madre de Jesús y es por eso también que las bodas de Caná, con toda su importancia, son celebradas “al tercer día”.


Dos conclusiones:


 1. Comprometidos con el amor, con la alegría y la vida. ¡Cómo es tan importante no perder nunca el sentido esencial de la existencia de la religión! La religión existe para que nunca perdamos nuestro compromiso con el amor, la alegría y la vida. Es por eso que llega un momento en que la religión tiene que transformarse en espiritualidad – en manera de estar en el mundo. Cuando llegamos a este momento, entonces nos damos cuenta de la importancia de la religión como estructura simbólica de la espiritualidad, que existe para sustentarla, nutrirla y desarrollarla. La religión nunca existe para sí misma. Eso sería transformarla en un ídolo, en un sistema idólatra de poder y control. Ella existe para la

espiritualidad – espiritualidad de compromiso con el amor, la alegría y la vida.


2. Crear espacios de amistad, para el renacimiento y crecimiento de la Iglesia. En este contexto, seguir a Jesús es preocuparnos por crear espacios de amistad, donde la Iglesia (todos nosotros y nosotras) pueda renacer y crecer. A cada momento que nos reencontramos para renovar nuestra amistad, escuchando y celebrando la memoria del Señor, que se hace presente en el compartir de la Palabra y del pan y del vino, que se hace presente también en nuestros sociales y nuestros esfuerzos de lucha por la justicia y la compasión, allá y de esa manera, celebramos las bodas de Caná, celebramos el amor de Dios en y para con nosotros, nosotras, en la alegría y siempre en favor de la vida – de la vida para todos y todas.


¿Cómo vamos en San Lucas? 

¿Cómo celebramos las bodas de Caná en San Lucas?


Bendiciones para todos y todas,


P. José V.