Pan del cielo para la lucha de la vida

Uno de los pilares de nuestra fe, el cual recitamos en el Credo niceno todos los domingos, es que Jesús es “verdadero Dios y verdadero hombre”. Él es la Palabra de Dios para nosotros, encarnada como ser humano, hecha historia para y con nosotros. Creemos firmemente que Jesús caminó por los caminos de la vida, luchando por la justicia y la compasión. Creemos firmemente que Jesús no fingió su existencia humana; Jesús era humano. Del mismo modo, Jesús no fingió su existencia divina; Jesús era divino. La afirmación, en sí misma, denota una dicotomía entre humano y divino, cuando en realidad, en Jesús, podemos decir que ya no hay auténticamente humano sin el divino y no hay auténticamente divino sin el humano. No es que el humano sea inferior al divino, sino que el humano, para ser humano, ya contiene al divino. Podemos concluir, entonces, que el ser humano es comunión: comunión entre el humano con el divino. Que es lo mismo que decir que el ser humano es horizonte abierto de sentido… misterio a desvendarse.


Eso era muy difícil de comprender para los judíos del tiempo de Jesús. Para ellos la Ley era la Palabra definitiva de Dios, cuya interpretación debería ser obedecida/cumplida escrupulosamente. Los seres humanos dignos del nombre de humanidad y de membrecía en el grupo selecto del pueblo de Dios, (¡Los gentiles eran como cerdos y perros, eso es, menos que seres humanos!) eran, lógicamente, los que seguían la Ley de Dios. Tenían simplemente que “arroparse” con (interpretación de) la Ley y podrían estar seguros de la bendición de Dios. El problema es que la Ley de Dios tenía que ser interpretada/mediada por los doctores de la misma, por los sacerdotes del Templo. Ellos eran los “dispensadores” de la recta interpretación. Y, Jesús empieza a decir lo contrario… que la Ley de Dios tiene muy poco que ver con palabras y códigos, con rituales y celebraciones, con lo exterior, sino con algo inherente al ser humano que podríamos llamar “principio de vida”. La Ley para que sea real y concretamente Ley de Dios, tiene que llegar al cumplimiento de su intencionalidad… que es la conversión de la vida del ser humano y de la sociedad, empezando por dentro, por el corazón. Como el pan que para ser pan tiene que ser consumido y dar vida… Dicho de otra manera, la intencionalidad del pan, es parte de su pleno significado. Si el pan nunca es consumido para que sea alimento de vida, entonces, nunca llega a ser concretamente pan. Y su intencionalidad, implica una relación – una relación de apropiación y de realización con la persona que lo consume.


En la primera lectura de la Liturgia de la Palabra de este décimo segundo domingo después de Pentecostés, del primer libro de los Reyes 19, 4-8, vemos al profeta Elías en fuga, física y psicológicamente agotado, hasta el punto de pedir la muerte. “Luego él se fue hacia el desierto, y caminó durante un día, hasta que finalmente se sentó bajo una retama. Era tal su deseo de morirse, que dijo: ¡Basta ya, Señor! Quítame la vida, pues yo no soy mejor que mis padres” (v.4). ¿Qué pasó? Nuestro texto es una versión abreviada de la huida de Elías (1Reyes 19, 1-8). Como sabemos, Elías vivió durante el tiempo de Ajab, rey de Israel (874 y 853 aC.), casado con la reina fenicia Jezabel. La reina quería “sincretizar” sus creencias paganas, el culto de Baal, dios cananeo-fenicio, con la religión judía. Elías arremete contra la idolatría del rey Ajab que se había dejado influenciar por su esposa Jezabel, defendiendo el nombre del verdadero y único Dios, el Dios de Israel (el monoteísmo) y sus exigencias éticas. En el fondo, lo que pasa entre Elías y Jezabel es realmente un enfrentamiento entre diferentes sistemas religio-culturales, con Elías defendiendo la pureza de la verdadera religión (la religión judía). Y, ¿cómo lo hizo Elías? Lo hizo, poniendo los 450 profetas de Baal a la prueba en el monte Carmelo. Elías salió vencedor, matando con la espada a todos los profetas del dios Baal (1 Reyes 18, 20-40). Lógicamente, la reina enfurecida declara a Elías persona non grata, de tal manera que Elías tiene que huir, pues sabe que la reina busca matarlo. El profeta escapa y huye por el desierto, dirigiéndose al monte Horeb, también conocido por monte Sinaí, que, como sabemos, fue donde Dios se reveló a Moisés.


La lectura es muy simbólica, pues lo que vemos es que Elías, huyendo por su vida y agotado de tanto caminar, regresa a las fuentes de su religión. ¿Será que desea la muerte solamente porque se siente cansado, agotado? O, ¿no será que también siente algo de remordimiento por tantas muertes… que su vida misma ya perdió el sentido y tiene que regresar a las fuentes de la revelación de su Dios, el Dios de Israel? El cansancio también es psicológico, espiritual… Para defender el verdadero nombre de Dios, él tuvo que manchar sus manos con sangre, él tuvo que matar, destruir, aniquilar, la vida de 450 personas… ¿Qué Dios es éste? Siguiendo el ejemplo de Moisés que, después de haber matado en Egipto, huyó para el desierto

y subió a la montaña sagrada para hablar” con Dios (Ex 2, 11-15), Elías hace lo mismo. Regresa al desierto. Peregrina hacia las fuentes. Hay que repensar la intencionalidad de Dios y, consecuentemente, la intencionalidad de la religión. Sin embargo, el cansancio lo ha ganado y él ya no puede más… desea que se termine por siempre su misión, su vida. Y, Dios, por intermedio de su ángel, lo fortalece, lo anima… Hay que continuar. Hay que regresar a las fuentes y allá redescubrir el verdadero rostro del verdadero Dios. “Elías miró a su alrededor, y vio que cerca de su cabecera había una torta cocida sobre las brasas y una jarra de agua. Entonces se levantó, y comió y bebió; después se volvió a acostar. Pero el ángel del Señor vino por segunda vez, y tocándolo le dijo: Levántate y come, porque si no el viaje sería demasiado largo para ti. Elías se levantó, y comió y bebió. Y aquella comida le dio fuerzas para caminar cuarenta días y cuarenta noches hasta llegar a Horeb, el monte de Dios” (vv.6-8).


En el evangelio, de Juan 6, 41-51, tenemos otro fragmento del discurso sobre el pan de la vida (Jn 6, 1-71). Continuamos con la explicación del signo de la multiplicación de los panes y de los pescados. No olvidar que, para el evangelio de Juan, la multiplicación de los panes y de los pescados no es un milagro, sino un signo. Consecuentemente, tiene que ser explicado, pues… la multitud, incluyendo los discípulos, lo tomó como un milagro de asistencia social, cuando era un signo de revolución social, el signo del proyecto de la nueva familia de Jesús.


Algunos de los oyentes murmuraron a causa de las palabras “ha bajado del cielo” y Jesús tiene que poner eso en claro. “Por esto los judíos comenzaron a murmurar de Jesús, porque afirmó: Yo soy el pan que ha bajado del cielo. Y dijeron: ¿No es este Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo” (vv.42-43)? Era imposible para la mente judía que Dios se pudiera “encarnar” (bajar del cielo) en un ser humano que, como todos sabían, tenía padre y madre. Jesús explica que “bajar del cielo” tiene que ver con el fuego interior, con el “principio de vida”, con la “atracción al misterio” que habita cada ser humano. Y uno tiene que regresar a sus fuentes y escuchar y aprender, por medio de la confianza (la fe). “Jesús les dijo entonces: Dejen de murmurar. Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre, que me ha enviado; y yo lo resucitaré en el día último. En los libros de los profetas se dice: Dios instruirá a todos. Así que todos los que escuchan al Padre y aprenden de él, vienen a mí” (vv.43-45).


Jesús continúa diciendo que Él es quien el Padre envió al mundo para alimentar, nutrir, renovar las fuerzas, de todos y todas que peregrinan rumbo a las fuentes, rumbo al misterio… Él es pan del cielo en el sentido que hay que mirar y aceptar Su vida como “alimento existencial” para nuestra vida. “Yo soy ese pan vivo que ha bajado del cielo; el que come de este pan, vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi propia carne. Lo daré por la vida del mundo” (v.51). En la cultura semítica, hablar de la “carne” de uno es hablar de toda su vida. El pan del cielo que Jesús ofrece al mundo es toda Su vida – Su vida cuya intencionalidad es la realización del proyecto del reino de Dios, ya presente (visible, posible) entre nosotros por intermedio de su vida, muerte y resurrección.


Dos pequeñas preguntas para nosotros, en San Lucas:


1. La intencionalidad de la religión. Hoy, hay un número inmenso de cristianos y cristianas que creen que la religión del cristianismo tiene que regresar a sus fuentes, a sus orígenes. De otra manera dicho, el cristianismo tiene que desnudarse de todo lo que es imperio/cristiandad, tiene que pasar por un proceso de kénosis (vaciamiento, despojamiento, desapego), un proceso de desierto, y peregrinar hacia el monte santo dónde está el Jesús de las bienaventuranzas, fuera de las puertas de las ciudades, donde están crucificados en las cruces de la pobreza y de la miseria, de la injusticia y la violencia, hermanas y hermanos sin cuenta. Nos vemos en Elías. Con el afán de defender a Dios y a la verdadera religión, hemos cometido crímenes inimaginables, hemos vivido y actuado como “señores y dueños” y hemos conquistado y poseído, explotado y oprimido, robado y violado. Si, hemos sido la causa de mucha violencia, de mucho sufrimiento y de mucha muerte. Hemos cometido innumerables injusticias, auténticos crímenes contra la humanidad y todo en nombre del verdadero Dios y de la verdadera religión.


Hay que regresar al desierto y peregrinar hacia las fuentes y eso no solamente en palabras, sino que también y sobre todo en obras. Hay que salir de nuestros esquemas teológicos y espirituales e ir al encuentro del Jesús verdadero de las calles, el Jesús presente entre los pobres y los humildes, los sufrientes y los olvidados. Y, ¡no hay que temer! No hay que temer, porque en nuestro peregrinar y en nuestro cansancio, Dios allá estará, animándonos, alimentándonos… Sin embargo, seremos nosotros quienes haremos el trabajo. Tendremos que pasar por el proceso de conversión. Tendremos de peregrinar de tal manera por el desierto de la pobreza, para que, encontrando a Jesús, dejemos que Él y solamente Él sea nuestra riqueza.


¿Qué religión vivimos o queremos vivir en San Lucas? ¿Cuál es la intencionalidad de la religión como vivida y celebrada en San Lucas? ¿Cuál es la calidad de nuestro cristianismo?


2. La intencionalidad de nuestro discipulado. Ser discípulo de Jesús implica seguir a Jesús. Aquí tenemos la intencionalidad de nuestro discipulado. Queremos seguir a Jesús. También hoy muchos de nosotros, mujeres y hombres, discípulas y discípulos del Señor, queremos regresar a Jesús, recuperar su proyecto de justicia y compasión para la vida del mundo. Eso implica ponerlo en el centro de nuestras vidas y de la vida de nuestra comunidad. Implica liberar la fuerza renovadora y liberadora del Evangelio, que es decir comprender el Evangelio como lo que realmente es: Buena Noticia de liberación, justicia y compasión, proyecto de humanización, para todos y todas, sobre todo, para los más vulnerables, para los pobres y olvidados de la sociedad. Para que tal acontezca, nos damos cuenta de nuestra necesidad personal y comunitaria de kénosis. Todavía continuamos muy sedentarios, muy fijos dentro de nuestras áreas espirituales y litúrgicas de confort.


Cuando vamos al encuentro de Jesús, descubrimos que Él es pan de vida eterna para nosotros, “carne” para alimentarnos en nuestra búsqueda del verdadero rostro del verdadero Dios. Hay que comerlo. Hay que dejar que se transforme en nosotros y nosotros en Él. Aquí está la intencionalidad del pan. Para que el pan sea verdaderamente pan, hay que consumirlo para que nos llene, para que nos alimente, para que nos dé fuerzas renovadoras y liberadoras para la lucha de la vida. Y consumirlo en medida, en proporción… Aquí la espiritualidad como el arte de saber “consumir el pan del cielo” que es Jesús, el arte de saber dejarse ser transformado por Él – una transformación cuya intencionalidad es la humanización.


¿Quién es Jesús para nosotros en San Lucas? ¿Dónde y cómo lo encontramos? ¿Dónde y cómo lo celebramos? ¿Consumimos a Jesús como quien consume un producto mercantil, en nuestro caso un producto religioso, o realmente nos dejamos ser transformados por Él, para que, con Él, realicemos la intencionalidad de su vida: el proyecto del reino de Dios, un mundo lleno de justicia y compasión?


Bendiciones,


P. José


Esa será la última reflexión de la Liturgia de la Palabra para el mes de agosto. El Padre José estará de vacaciones hasta el fin del mes. Regresará en la primera semana de septiembre. 

Gracias.