El Señor resucitó: Su Espíritu continúa con nosotros

El Señor resucitó: Su Espíritu continúa con nosotros

El Señor resucitó: Su Espíritu continúa con nosotros


Con el Domingo de Pentecostés la Iglesia celebra la venida del Espíritu Santo. El Señor resucitó y está con el Padre, pero su Espíritu continúa con nosotros. No somos una Iglesia que pasa su tiempo recordando lo que pasó hace más de dos mil años en las tierras de Palestina, una Iglesia motivada por la nostalgia de cuando el Señor estaba con nosotros. ¡Por el contrario! Somos una Iglesia que celebra la presencia continua del Señor, pues es su Espíritu que nos anima y nos guía por los caminos de los desafíos de la actualidad – los caminos del reino de justicia y compasión.


En la primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, 2,1-21, Lucas nos presenta la venida del Espíritu del Señor sobre los discípulos, como fue prometido por Jesús. Podríamos dividir nuestro texto en tres partes: 1. La venida del Espíritu Santo (2,1-4); 2. La constatación del milagro de las lenguas (2,5-11); y 3. La reacción de la gente, con la explicación de la profecía de Joel por parte de Pedro, junto con los once (2,11-21). 


En la primera parte, Lucas nos presenta una teofanía, eso es, una manifestación divina, parecida a la del monte Sinaí. El viento fuerte y el fuego evocan la presencia y trascendencia de Dios. Ahora la comunidad es la depositaria de la Nueva Ley: el Espíritu del Señor. No podemos dejar de pensar en la profecía de Ezequiel: “Los recogeré de todos los países, los reuniré y los conduciré a su tierra. Derramaré sobre ustedes agua purificadora y quedarán purificados. Los purificaré de toda mancha y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré dentro de ustedes un espíritu nuevo. Les quitaré del cuerpo el corazón de piedra y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes para que vivan según mis mandatos y respeten mis órdenes. Habitarán en la tierra que yo di a sus padres. Ustedes serán para mí un pueblo y a mí me tendrán por su Dios” (36,24-28). El Espíritu del Señor entonces confirma la comunidad como nuevo pueblo de Dios. La alianza entre Dios y su pueblo es renovada con la venida del Espíritu Santo.


En la segunda parte, tenemos el milagro de las lenguas. Los discípulos, llenos del Espíritu Santo “comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu hacía que hablaran” (v.4). Y todos los que estaban presentes escuchaban los discípulos hablando en sus propias lenguas. Y, ¿de qué hablaban? Hablaban “de las maravillas de Dios” (v.11). Lo que sorprende y asombra (v.7) a los oyentes es que cada una y cada uno escucha hablar en su lengua, cada uno y cada una se siente respetado en su lengua. No hay (con)fusión, no hay disolución de la característica más visible e importante de cada persona y cada pueblo – cada uno escucha de las maravillas de Dios en su propio idioma, en lo característico de su persona y de su cultura – porque hablar otro idioma no es solamente cuestión de palabras. Es también y sobre todo, cuestión de cultura. 


En la tercera y última parte de nuestro texto, Pedro, de pie junto con los once apóstoles (v.14), contesta a los oyentes, presentando el kerigma de la fe, como cumplimiento de la profecía de Joel que, en los últimos días, Dios derramaría su Espíritu sobre toda la humanidad, tanto que “los jóvenes tendrán visiones, y los viejos tendrán sueños” (v.17).


En la lectura del evangelio, de Juan, (15,26-27; 16,4b-15), continuamos con el testamento espiritual de Jesús o el sermón de la última cena. Jesús se despide de sus discípulos y les anuncia por la quinta y última vez la venida del Paráclito (vv.12-15). Jesús sabe que ellos y ellas necesitarán de ayuda para profundizar todo lo que les dijo, inclusive para profundizar el testimonio de su vida. “Tengo mucho más que decirles, pero en este momento sería demasiado para ustedes. Cuando venga el Espíritu de la verdad, él los guiará a toda verdad” (vv.12-13). Jesús sabe que la revelación de la verdad, de la plenitud del ser humano, es un proceso, es un camino, que continúa y que exige – exige fidelidad a la causa de la vida y muerte del Señor, la causa del reino de Dios. Con la presencia del Espíritu, los discípulos deben saber que la causa del reino de Dios – la humanización plena del ser humano – no termina con la ausencia del Señor. Él está presente mediante su Espíritu que continuará revelando la gloria del Señor, la voluntad del Padre – que todos los seres humanos y la creación lleguen a su plenitud. 


Podemos terminar nuestra reflexión con dos conclusiones: 


1. La Iglesia es la comunidad de los testigos del Señor, llenos de su Espíritu, animados por su fuego. Con la fiesta del Pentecostés, la comunidad de los discípulos empieza su camino en el mundo. Ella sabe que tiene que vivir sobre la base de dos principios fundamentales: 1. La memoria subversiva de Jesús, el crucificado que resucitó al tercer día. Somos testigos del Señor, pero testigos de un hombre que no se contentó con “el orden natural” de la realidad (construida e impuesta por los poderosos),  que se atrevió a ofrecer su vida por la visión de un mundo lleno de justicia y compasión, de una víctima, de un crucificado injustamente y de un resucitado, por el poder amoroso de Dios; y 2. La presencia del Espíritu que la anima y guía para que sepa que Él está presente, que la causa de su vida continúa y, consecuentemente, para que sea valiente en la lectura de las señales de los tiempos a la luz de la visión del reino de Dios. Es importante enfatizar aquí que es toda la comunidad quien está llena del Espíritu del Señor y no simplemente algunos escogidos y privilegiados. Todos y todas son llamados a la audacia del testimonio según la impulsión (¡el fuego!) del Espíritu del Señor. Eso hace con que toda la comunidad esté en un continuo estado de escucha, de discernimiento y de acción valiente, profética, en favor del reino de Dios. Como Jesús, también la comunidad no se puede contentar con “el orden natural” de la realidad y tiene que arriesgarse por los caminos de la justicia y la compasión. Y, como Jesús, el criterio son los pobres y los humildes, los desechados y los olvidados, los que carecen (porque les fue robada por los poderosos) de justicia y dignidad. El sueño del reino de Dios continúa… 


2. En la Iglesia somos llamado/as a la unidad-comunión y no a la unidad-uniformidad. Una comunidad llena del Espíritu del Señor es una comunidad que valora la comunión como unidad en la diversidad. Cuando los discípulos del Señor salen para proclamar las maravillas de Dios, todos los presentes en la ciudad los escuchan cada uno y cada una en su propia lengua. El Espíritu afirma la lengua de cada pueblo, la particularidad de cada cultura. Para Dios no hay una “lengua imperial” que tenga que predominar sobre todas las otras; no hay una “cultura imperial” que tenga que predominar sobre todas las otras. Cada lengua y cada cultura es digna de escuchar y celebrar las maravillas de Dios. Cuando consideramos la historia de nuestra Iglesia, la historia de la evangelización de pueblos y culturas, nos damos cuenta que reinó la imposición de “una sola lengua y una sola cultura”, la euro-helenística. Así fue, aquí en América Latina. Desde el gesto de rechazo del cristianismo del soberano inca Atahualpa (1497-1533) hasta la carta abierta de los indígenas aymara y keshwa, enviada al papa Juan Pablo II, por la ocasión de su visita al Perú, el viernes, 1 de febrero, de 1985, el grito ha sido constante: “Nosotros, indios de los Andes y de América, decidimos aprovechar la visita de Juan Pablo II para devolverle su Biblia, porque en cinco siglos no nos ha dado ni amor, ni paz, ni justicia.
Por favor, tome de nuevo su Biblia y devuélvala a nuestros opresores, porque ellos necesitan sus preceptos morales más que nosotros. Porque desde la llegada de Cristóbal Colón, se impuso a la América por la fuerza, una cultura, una lengua, una religión y unos valores propios de Europa.
La Biblia llegó a nosotros como parte del cambio colonial impuesto. Ella fue el arma ideológica de ese asalto colonialista. La espada española, que de día atacaba y asesinaba el cuerpo de los indios, de noche se convertía en la cruz que atacaba el alma india” (Movimiento Indio Kollasuyo, Partido Indio y Movimiento Túpac Katari, de Bolivia y Perú. Carta abierta al Papa Juan Pablo II, febrero de 1985).


La importancia de la fiesta de Pentecostés es que ella nos llama a la comunión en la diversidad, en la multiplicidad de culturas y lenguas, de dones y ministerios, para la posibilidad de un mundo otro – un mundo de justicia y compasión. El Espíritu que habita la comunidad es el mismo Espíritu que habitó toda la persona y vida del Señor – viento de justicia, abrazo de compasión y fuego de vida.


¿Qué eco tiene todo esto para nosotros en San Lucas? ¿Cuál es la calidad de nuestra comunión? ¿Cómo nos aceptamos y cómo celebramos nuestras identidades, nuestras maneras diferentes de estar presentes en y para la comunidad? ¿Cómo nos respetamos y nos valoramos como discípulos y discípulas del mismo Señor, animados y enviados por el mismo Espíritu Santo? 


¡Ven Espíritu Santo  y llena el corazón de todas y todos que buscamos la justicia y la compasión!


Bendiciones de Dios,

P. José